Hay días que tengo la sensación de que ya no se vive, sino que se transita. Nos han anestesiado de tal forma que nos conformamos con un par de semanas, con suerte, al año, en las que poder sentirnos libres, para compensar el resto de un tiempo que cada vez es menos nuestro.

Leía hace poco que entre otras cosas, esta cultura hiperdigitalizada nos ha arrebado el derecho a aburrirnos. Y en esa derrota, sin darnos cuenta, hemos perdido la capacidad de soñar.

Ahora es más fácil perderse en un scroll infinito que en tus propios pensamientos. La droga del siglo XXI no se ingiere, se visualiza. Y todos formamos parte del grupo de nuevos adictos.

¿Hay solución?

Sinceramente, no lo sé. Para muchos me temo que es tarde, pues las garras del algoritmo que nos pretende esclavos se han agarrado sus entrañas y será difícil que les suelte. Porque esta nueva droga tiene una característica mucho más nociva que el resto de las sustancias conocidas: aparenta ser inocua.

¿Qué hay de malo en desconectar por un rato de un duro día de trabajo? ¿Qué problema hay en divertirse con algún vídeo gracioso al final del día?

No hay efectos físicos.

No cuesta dinero.

Y sin embargo, tiene las características y las consecuencias de cualquier droga. Dejamos de ser nosotros mismos, nos absorbe hasta que nos anula. Nos proporciona un placer inmediato que nos permite anestesiarnos de una realidad que quizá no queremos enfrentar.

La consideramos gratis cuando le regalamos sin pensarlo nuestro bien más preciado y escaso: nuestro tiempo. Pensamos que no nos cuestan dinero y permitimos que los equipos de márketing en una lejana oficina decidan qué mostrarnos y cómo orientar nuestros gustos para terminar decidiendo por nosotros.

No sólo en compras, también en ideologías, también en valores morales.

La evolución tecnológica ha puesto en bandeja, de la mano de muy buenos analistas de comportamiento, la herramienta definitiva para controlar al rebaño.

Quién necesita armas cuando se nos tiene tan amaestrados. Cuando nuestra rebeldía llega tan lejos como un comentario en algún vídeo pueda resonar en el estéril metaverso.

Tenemos la falsa sensación de vivir en una época de libertades cuando no somos más libres de lo que lo fueron nuestros antepasados hace cientos de años. Lo único distinto es la soga que nos mantiene atados.

Estoy convencido que en el siguiente salto histórico, dentro de unos años, se estudiará el final del siglo XX y el comienzo del XXI como la época dorada del control tecnológico y se sorprenderán de cómo pudimos ser tan inocentes, tan necios, de ceder nuestra libertad a cambio de las migajas del entretenmiento.

“Panem et circenses” como dijo el poeta, hace más de 2000 años.

Aquí seguimos tropezando una y otra vez con la misma piedra.

Immediate Music - Triumph