Pienso que uno de los grandes desafíos a los que nos vamos a enfrentar a lo largo de nuestra vida tiene mucho que ver con no saber deshacernos del lastre de nuestras experiencias pasadas.
Entiendo perfectamente que esas experencias, ya sean positivas o negativas, nos aportan un aprendizaje valioso y útil que nos va a permitir crecer como personas. Pero también tienen una cara oculta: el residuo que dejan en nuestra forma de interpretar la realidad y que nos condiciona.
Muchas veces ese condicionamiento tiñe realidades de tonalidades alejadas de la verdad y hace que interpretemos nuestra existencia con unos sesgos que terminan siendo tóxicos de algún modo.
Romper con esa cadena que nos ancla a nuestro pasado y que, a la postre, nos aleja de nuestra percepción de futuro: sentimos que, agarrados de la mano de nuestro ayer, no avanzamos hacia ninguna parte.
Hay momentos en los que me gustaría ser más fuerte, más capaz de lidiar con esos fantasmas y aprender a bailar con ellos hasta que terminen por cansarse.
Porque de eso se trata muchas veces: no se puede evitar que aparezcan, no podemos luchar contra su existencia, pero aceptándolos e incluso abrazando su razón de ser, podemos romper las cadenas que nos impiden avanzar.
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